El alumno puede ser visto como una caja vacía, un libro en blanco, una masa moldeable, un elemento impreciso de la sociedad.
Si vemos la educación desde su papel formador de ciudadanos y personas con valores y felices, nos lleva a cuestionar los contenidos académicos: las asignaturas que tienen que ver la cultura local, con la identidad cultural, con el rol social, etc. Son las asignaturas más subvaluadas en el sistema educativo actual, donde predomina el capitalismo sobre el autentico concepto de globalización.
Entiendo entonces al maestro que se limita a reproducir de manera resumida los contenidos de un libro, siguiendo la currícula cual mantra que le abstraiga de estas interrogantes; aferrado al sistema con las uñas, sin querer ver los grandes vacíos de un sistema por demás acabado.
Los alumnos no son recipientes. Nuestros alumnos conformarán la pujante sociedad con la que soñamos, y requieren de nosotros una mayor efectividad como maestros.
Debemos pedir que el maestro motive a sus alumnos a cuestionar, a descubrir sus propios métodos y a formarse una personalidad autentica. Un maestro que pueda desarrollar los talentos natos de sus alumnos.
Debemos identificar la naturaleza de las cosas que nos hacen felices, las competencias que nos hacen más humanos y sobre ellas escribir en la currícula.
Solamente podremos responsabilizar a los alumnos de su propio aprendizaje cuando el sistema se haya flexibilizado lo suficiente para garantizar una educación diferenciada.
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