Cuántas veces me he cuestionado sobre el valor real de los conocimientos que intento crear en mis alumnos. Sé perfectamente que después de las vacaciones entre un nivel y otro, al poner los exámenes de diagnóstico parecen haber olvidado la mayoría de los temas vistos apenas el año pasado.
Yo mismo no creo poder recordar a conciencia lo que estudié en mi educación básica y sospecharía que gran parte de lo que creo recordar fue aprendido por factores ajenos a una aula o al sistema académico.
No pongo en duda la necesidad de la educación ni los beneficios que conlleva. Pero me gustaría ser más preciso en definir de que manera mis conocimientos fueron obtenidos y aplicados para mi beneficio y el de la sociedad.
Lograr la enseñanza duradera y útil, debería ser nuestro principal objetivo como docentes. Siempre decimos que el protagonista del proceso enseñanza-aprendizaje es el alumno, pero qué perfil de alumno fue considerado al momento de hacer nuestro diseño curricular o plantear las competencias a desarrollar.
No existe la enseñanza sin un cambio; si la educación debe ser evaluada cualitativa o cuantitativamente y al pasar un año el alumno ha olvidado la mayoría de los temas vistos en el curso, podemos concluir entonces que la enseñanza ha fracasado pues no ha logrado ser permanente. Peor aun, el alumno ha demostrado con el día a día la obsolescencia de esos conocimientos y por eso los ha olvidado.
Debemos cuestionarnos los objetivos básicos de la educación. Si decimos que estamos preparando al alumno para afrontar con mayores recursos las exigencias de su vida futura, entonces, tendremos que definir como será la vida en el futuro.
Conocer el futuro con la certeza suficiente como para comprometer la educación de los jóvenes, no es posible, pero sí podemos conocer a los alumnos lo suficiente para adaptar el sistema educativo y desarrollar en él los talentos naturales en pos de un mejor futuro.
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